UN VIAJE EN LANCHA
Historia que describe paisajes, alimentos, costumbres y vivencias en la isla de Chiloé.

Ese verano, como tantos otros, vivimos las vacaciones en familia, viajando por el país.
Nuestro estaba compuesto por tía Elena -hermana de papá- su marido, sus dos hijas maridos, nietos y mi familia.
La intensión ese año, era mostrar las maravillas de Chiloé al flamante marido belga de una de las primas.
La primera parada de nuestras vacaciones fue en un pequeño pueblo de Chiloé llamado Tenahún, ubicado al norte de la ciudad de Quemchi, en la costa interior de la Isla Grande de Chiloé al sur de Dalcahue. La única manera de llegar por tierra a ese lugar, es a través de un camino ripiado que en esa época estaba en muy malas condiciones, papá decía que más bien parecía un sembradío de papas.
Después de mucho tiempo saltando y tambaleándonos adentro de los autos, llegamos al pueblito, junto a una playa de arenas grises. Todos admiraban el lugar por lo pintoresco; pero yo no lograba apreciar nada, porque todavía me daba vueltas la cabeza y el estómago con el viaje -estaba tan mareada- que lo único que deseaba era acostarme. Pero mi deseo no contó, en realidad no alcancé a emitir palabra, ya que inmediatamente se me delegó la función de acompañar a tía Elena y con una sobrina de mi edad a buscar "parientes" por las cercanías. La tía tenía la costumbre de buscar familiares en todos los lugares del archipiélago y aunque sea curioso, siempre encontraba algunos: lejanos, cercanos, en realidad nunca supe si era un poco imaginativa o si de verdad existía parentezco. Lo maravilloso de la situación era que ellos también reconocían ese vínculo consanguíneo y nos abrían las puertas de sus casas con la maravillosa hospitalidad propia de Chiloé.
Por supuesto, en Tenahún encontramos una serie de primos y tíos felices con nuestra llegada y para demostrar su afecto nos invitaron a comer un "curanto en hoyo" para dos días más, pues primero había que salir a mariscar, pescar y bucear para recolectar los ingredientes necesarios.
LA NAVEGACION
Fue así como nos entusiasmamos tanto, que a la mañana siguiente subimos al lanchón en el que irían los buzos, que además de tener la tarea de sacar los mariscos para nuestro curanto serían nuestros guías turísticos y anfitriones marinos, aprovechando el viaje, nos llevarían de paseo a la isla-pueblo de Mechuque1.
El viaje resultó maravilloso y el día de cielos azules y sin viento, perfecto para que todo resultara inolvidable. En la ruta a las Chauques había que cruzar un golfo, que parecía un enorme lago cristalino, donde se reflejaba la vegetación de las costas cercanas y nuestra embarcación como si estuviéramos sobre un gran espejo.
A medio camino, la lancha se detuvo y dos buzos se prepararon a bajar a varios metros para sacar de las profundidades los deliciosos mariscos y crustáceos que adornarían con sus sabores el curanto.
Yo me sentía en el paraíso, imaginaba que era una bióloga marina, recorriendo todos los mares y en ese momento mi máximo sueño era ser adulta, para poder colocarme un traje de buzo, bajar al fondo marino y conocer con mis propios ojos sus secretos.
En la embarcación éramos parte de la tripulación, absolutamente poseídos de nuestros roles marinos y esperábamos atentos en los bordes que los buzos aparecieran en cualquier momento. Sólo rompía el sonido de las suaves olas el motor que les llevaba aire a los dos hombres, que para aguantar el frío de los mares del sur estaban cubiertos por un traje de neoprén ajustado a sus cuerpos.
Luego de unos minutos que se hicieron eternos, vimos que se acercaban a la superficie; cada uno con una canasta llena de frutos marinos extraños y coloridos. Como estábamos llenos de curiosidad por saber que se escondía bajo el mar, los buzos capturaron una mantarralla, subieron esponjas de mar de todos colores, peces de formas raras y otra serie de bichos desconocidos para nuestros ojos hasta ese instante.
Fueron muchos los viajes que realizaron hasta el fondo, trayendo cada vez de las variedades más maravillosas de nuestras costas, tan conocidas, pero que nos parecían la máxima novedad: cholgas, pencas de piures, picorocos, erizos, congrios, etc.
Después de esa mañana de emociones, seguimos viaje a Mechuque, en un mar cristalino y calmo, en el que casi se podían adivinar los colores del fondo. Casi llegando al archipiélago comenzaron a seguirnos un grupo de toninas, que jugueteaban y saltaban a nuestro alrededor, imaginaba que querían hacernos carrera y si así fuera, no había duda que ellas ganarían, pues casi volaban en el agua.
MECHUQUE
Llegamos cerca de la hora de almuerzo. En este pueblo estaba la casa de los suegros de un amigo de la familia, quien pasaba sus vacaciones. La casa se ubicaba en lo alto de un cerro frente a la playa. Para llegar, había que subir por una huella empinada hasta un plano en el que se extendía una huerta y el único boldo del archipiélago traído desde el norte hace varios años. La casa era grande, relativamente nueva y sin terminar. Su construcción era típicamente chilota: de madera, cubierta por tejuelas y con ventanas que se componía de un enrejado de madera relleno por pequeños vidrios rectangulares.
Nos esperaban con una cazuela de gallina con papas mayo2 y un asado al palo de cordero, sorpresa para nosotros que sólo estaríamos de visita por unas horas. Ya que la situación lo requería, comimos hambrientos, como si no probáramos bocado desde hace días, por lo que después fue necesario dormir una larga siesta para reponer el cuerpo sobrealimentado.
Entrada la tarde, volviendo a nuestro rol de turistas y salimos a recorrer el lugar, jugar en la playa, bañarnos, sacarnos fotos y conversar. Llama la atención por sus calles angostas, en las que sólo se ven carretas o caballos y una que otra bicicleta. Para llegar al pueblo, hay que cruzar un extraño puente sobre un estero3.
REGRESO FALLIDO
Cuando comenzaba a ocultarse el sol nos despedimos y subimos a la lancha para volver a Tenahún. Todo parecía bien, hasta que el motor no encendió.
Mientras el cielo oscurecía, el lanchón comenzó a moverse rápidamente mar adentro, pues las corrientes de la marea que a esas horas bajaba la arrastraban sin rumbo, como a una hoja seca. Todas las energías de la tripulación estaban destinadas a arreglar el motor. Con una linterna uno alumbraba, mientras los demás trataban de distinguir cuál sería el problema, que a esa hora parecía no tener solución. Con mamá hablábamos lo peligroso que era alejarnos demasiado de la costa, sobre todo si íbamos a la deriva. En ese momento, con toda la lógica del mundo, hablando como un adulto , con apenas ocho años dije: "¿Por qué no tiran el ancla?". Es increíble, pero a nadie se le había ocurrido. Por supuesto se hizo en el acto, o sino quien sabe a donde habríamos ido a parar.
Papá ya estaba nervioso y al ver que era difícil que se solucionara el problema a esa hora, nos metió en un bote, e instó a los demás parientes que nos siguieran, pero no quisieron, seguros de que pronto se solucionaría el inconveniente. Viajamos en la oscuridad hacia la costa a través de las tranquilas aguas de la bahía, apenas movidos por una leve brisa nocturna, alejándonos de una luz, que era lo único que divisábamos de la embarcación. Mientras papá remaba acompasadamente, levantando pequeñas olas espumosas que brillaban por las fosforescentes noctilucas.
Ya en la isla, caminamos en la oscuridad a la única casa que conocíamos para pedir alojamiento. Los amigos nos recibieron cariñosos ofreciendo café para que entráramos en calor. Nos acostamos todos juntos en una pieza con dos camas, suponiendo que los demás llegarían pronto y debían acostarse en algún lado. Por supuesto que después de un rato llegaron los demás muertos de frío, así que la casa en la que se alojaban normalmente cinco personas, se llenó con 20 un poco amontonadas.
POR FIN EL RETORNO
A la mañana siguiente, después de un desayuno con tortillas al rescoldo recién hechas y queso de campo, fuimos a la lancha, que para esas horas ya estaba reparada y lista para viajar de vuelta.
Llegamos antes de mediodía al pueblito costero de Tenahún, y mientras que con una prima pequeña íbamos a dormir una siesta detrás de la cocina a leña de los parientes recientemente descubiertos, los demás se dedicaron a descargar los mariscos de la lancha para preparar el curanto en hoyo, que se haría en un terreno, lejano a la costa, en el que había una casa desocupada, rodeada por manzanos.
EL CURANTO
El curanto fue todo un festejo, era el primero que yo veía hacer ahí en la tierra y el más grande que he visto. Mamá y tía Elena, las expertas "curanteras" estaban plenamente integradas con las nuevas primas, haciendo los milcaos y chapaleles, mientras los hombres preparaban el fuego con leña de tepú4 para calentar una cantidad enorme de piedras que serían la fuente de calor para cocer todos los alimentos del curanto.
Los niños jugábamos y nos asomábamos al hoyo cavado en medio de la pampa, incrédulos de que ese inmenso agujero pudiera llenase de comida hasta el borde.
Cuando la leña se había consumido y las piedras estaban muy calientes, las empujaron hacia el interior del hueco con largas varas de arrayán y rápidamente comenzaron a ordenar encima de ellas varias docenas de picorocos. Encima de estos, vaciaron sacos de tacas, nabajuelas, cholgas, choritos, medio saco de papas, papas ñonchas (papas que se ponen a ahumar todo el invierno en una especie de rejilla que se coloca sobre la cocina fogón5, se secan y toman un gusto dulzón como castañas cuando se cuecen y son de un color amarillo).
Después de colocar una capa de hojas de pangue -nalcas-, pusieron ordenadamente las distintas carnes, como de cerdo ahumada, longanizas, perniles, pollo, pescado ahumado, etc. Luego venían los sacos de habas y arvejitas, que fueron cubiertas por inmensas hojas de pangue bien lavadas y encima colocaron ordenadamente cuidadosamente los milcaos y chapaleles, tapados con paños húmedos y champas con el pasto hacia abajo, para que el vapor no escapara por ninguna.
La espera era inquietante, esa larga hora que demoraría en cocinarse todo aquello -que por supuesto llenó fácilmente el espacio abierto- nos pareció eterna. Yo miraba desde cerca el lugar donde estaba tapada tanta cosa rica y no podía creer que se pudiera cocinar como en una olla a presión, pero así fue.
Después que se cumplió el tiempo, lo abrieron con las mismas varas, cuidando no quemarse y comenzaron a sacar todo cocido y exquisito. Los vapores con el aroma de esa mezcla de alimentos inundaba la atmósfera, los jugos gástricos ya no pudieron resistir más y corrimos a reservar un plato, pues nadie quería quedar sin probar nada, claro excepto mi hermano Ber que odiaba todo lo originario del mar.
Nos sentamos en medio de la pampa, calladitos saboreando así a mano cada cosa con lentitud, mientras sorbíamos un poco de vino tinto con agua y azúcar, bebida especial para los niños, pues se dice que mezclar agua o bebidas con el curanto hace mal al estómago, sólo debe ser vino.
Después de tanto manjar, volvimos a la inmensa cocina de nuestros parientes y dormimos toda la tarde, para luego comer en la cena las sobras recalentadas, mucho más ricas.
Así después de tanta aventura y tanta comida, seguimos viajando a la isla de Quinchao, donde está el pueblo natal de nuestra familia -Achao- para seguir disfrutando del verano en familia.
1 Mechuque: Pueblo-isla ubicado en el archipiélago de las Chauques, al oeste de la isla grande de Chiloé, a una hora de viaje en lancha.
2 Papas mayo: Papas cocidas peladas y enteras, bañadas con una salsa hecha de cebollas cortadas a la pluma fritas en aceite y aliñadas con sal y paprika (ají de color).
3 Estero: Especie de entrada, en la que se junta un río con el mar.
4 Leña de tepú: Entrega mucho calor, de las mejores madera nativas para hacer fuego.
5 Cocina fogón: Es una pieza cuadrada, típica de las casas chilotas, distinta de la cocina donde está la cocina a leña, a gas y el lavaplatos. En el centro alberga un fogón a ras del suelo y que por todas sus orillas tiene piso, en el que se ponen cojines, dejando un agujero cuadrado de varios metros de ancho para el fuego, en el techo hay un campanil, que es una elevación del techo que tiene sus contornos abiertos y que sirve de tiraje para el humo.