CREACIONES PERSONALES

Soy periodista hija de un escultor escritor y una escritora con muchos conocimientos de las viejas tradiciones de labores femeninas tanto en la cocina como en la confección de tejidos, costura y otros.
En mi tiempo libre -aunque me gustaría dedicarle tiempo completo- me he dedicado a realizar diversas técnicas como el tejido (palillo, telar, croché -mi favorito- costura a mano, máquina y bordado sobre todo en punto cruz, escultura en madera, también la pintura al óleo, pintura en acrílico tanto pintura de cuadros como artesanía.
Desde pequeña tuve la inquietud de realizar pequeñas artesanías con mis propias manos, sentía que podía hacer cualquier cosa si tenía los materiales necesarios. Fue así como conencé a desarrollar mis conocimientos en diversas técnicas, en especial tejidos y bordados, con el apoyo de mi familia. Paralelamente me inicié en un curso de arte, enfocado primero al dibujo y luego de pasados unos años comencé con la pintura al óleo, basada sobre todo en copiar situaciones reales, naturalezas muertas, paisajes y ese tipo de cosas.
Mis influencias más importantes fueron primero que todo mi padre quien me incluyó siempre en sus trabajos de escultura y me enseñó a trabajar el cobre, mi madre quien me enseñó a tejer a palillos, desde pequeñas chombas para muñecas, calcetines, guantes de todo tipo -que vendí a mis compañeros de colegio-.
Una persona importante en mi preferencia por dedicar cada instante de tiempo a la artesanía fue tía Elena, hermana de mi papá quien me enseñó a hacer mis primeras muñecas con caras de cartón forrado en tela y luego muñecas con cara, manos y pies de loza; me esperaba en su casa con las caritas, los géneros y todo lo necesario para empaparme del conocimiento necesario para confeccionar una muñeca. Aprendí también con ella a bordar.
Las primeras creaciones con patrones propios fueron de pañolenci, siempre pequeñitas para ser guardadas en el bolsillo más escondido y de esa manera pasar escondidas a la sala de clases para jugar cuando la profesora no miraba. También las regalé a amigas que hasta hoy guardan como amuletos.
En la adolescencia a parte de tejer como araña todas las chombas y chalecos de moda, aprendí a bordar punto cruz y hacer pulseras sobre todo en hilo, de las más sofisticadas con nudos, telar hasta las más sencillas con nombre, con lo cual me dí cuenta que podía hacer un pequeño negocio con ello. En esa época aprendí también a coser a máquina, esto facilitó bastante el trabajo de hacer muñecas, aunque las pequeñitas siempre las hice a mano. También aprendí a hacer mi ropa y a mis hermanos, polerones chaquetas de polar y otras labores relativamente simples.
En la universidad ya quedaba menos tiempo, pero seguí tejendo a palillos y confeccionando cada detalle de mi primer departamento, desde las cubrecamas, cortinas y cojines bordados en punto cruz con muchos detalles, hasta manteles, centros de mesa, etc.

En esa época en Santiago, tía Oly fue mi gran influencia artística, ella es profesora de artes plásticas y además ha hecho todos los cursos de artesanías actuales, por lo que aprendí con ella a trabajar cerámica fría desde flores hasta muñequitas, pintura en yeso, vitrales y una serie de otras técnicas que se han ido complementando con mis conocimientos previos. Ella fue quien me enseñó a usar la famosa pistola de silicona que transformó la velocidad para la confección de muñecas, por lo que en ese tiempo me inicié en el soft haciendo grandes cantidades de muñequitas rellenas con lavanda, conejitos para Semana Santa y otras muñecas en miniatura para el día de la madre, de la amistad, Navidad, día de los enamorados, etc.
También aprendí y me quedé gran tiempo en el croché, aprendí todos los puntos que pude para realizar grandes manteles, cortinas, carteras, ropa, carpetitas y otras cosas.
Luego tomé un curso de pintura en pastel seco y luego en acrílico y me dediqué dos años a prefeccionar mi pintura en miras de ilustrar un libro de cuentos que escribí -para publicarlo cuando cumpla 40 años-. El acrílico me llevó a desarrollar la pintura sobre tela y dejar volar la imaginación ilustrando por una parte cuentos, emociones sictaciones de mi vida diaria, etc. a través de una expresión más simbólica y abstracta.
Actualmente dedico gran parte de mi día a ser encargada de comunicaciones en una universidad y lo que queda de tiempo lo dedico a mi pareja, no obstante con el apoyo y estímulo de mi pareja y mi familia, contunúo con el desarrollo de mis aficiones a mediana escala realizando trabajitos como pinturas country, tejidos o como esta pequeña y tierna colección de muñequitas de género y madera rellenas de soft, que realicé una a una con cariño y meticulosidad.
Mi deseo más profundo es dedicar todo mi día a hacer, crear e inventar nuevas muñequitas y trabajitos que sean apreciados y queridos por quienes los adquieran, además de desarrollar el dibujo y la pintura que es una de las artes que más me apasiona y escribir, por supuesto, porque lo que escribo, con lo que pinto, lo que bordo y lo que coso se entremezclan y se unen en un todo.

Cariños,

 

GABY

 

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En mi fotolog http://www.elfotolog.com/duendecillas/

podrás ver algunas de mis últimas creaciones,

son artesanías en las que se suma la madera

y el género para crear pequeñas muñequitas

articuladas. Si estás interesada(o) en tener una

de estas muñequitas o pedir alguna especial

con tus colores favoritos puedes escribirme

a mi mail gabriela.quintana@gmail.com.

 

Gaby

PITONISA

Una mañana de noviembre cuando el sol comenzaba a asomar en el horizonte una pitonisa vio por primera vez la luz del mundo, el médico le dijo a su madre, ella va a ser muy especial, nació con los ojos abiertos observando todo con curiosidad.

 

Le pusieron un traje celeste y unos aros de perlas pequeñas como ella, casi no tenía cabello y su piel blanca deslumbraba desde la camita de neonatología.

 

Su padre médico también y brujo -según los chilotes- dijo que ella volaría con su imaginación, que sería una artista de las palabras y por eso le puso el nombre de Gabriela.

 

 

EL VIAJERO

http://pelluco.blogdiario.com/admin/archivos/eek.gif Soy de esos viajeros peligrosos. Me subo a un bus y pasa algo.

 

Si la gente cree que las monjas traen mala suerte, es que no me conocen o no han viajado conmigo, yo soy el infortunio hecho persona.

 

La primera vez no fue un bus, fue una camioneta, nuestro “camper”, atropellamos a un borracho cerca de Purranque y me saltaron los vidrios en la cabeza, no me acuerdo de nada, pues tenía como 6 meses, todavía tengo algunos por ahí de recuerdo.

 

Mi primer viaje en bus –en todo caso- no fue mejor que mi primer viaje en camioneta, mi madre me llevó a Temuco en Bus, tenía como un año. Una piedra reventó el parabrisas y nos morimos de frío todo el camipo, pues lo parcharon con un plástico.

 

Pero desde que me fui a estudiar a Santiago, se reafirmó esta particularidad y mi familia y amigos la conocieron tan rápido como yo. Normalmente cuando viajaba para Semana Santa, vacaciones de Invierno, Fiestas Patrias o el Verano a mi ciudad natal Puerto Montt o de regreso, más de alguno recibía mis llamadas a media noche o de madrugada. Que un pinchazo, que se descompuso el motor, que hubo un accidente, menos mal antes, que se desbordó el río y quedamos al otro lado del puente en medio de la ruta 5.

 

Ustedes pensarán que exagero o son anécdotas, pero no es así, siempre pasa algo al bus donde viajo, sea de la empresa que sea. Menos mal tú no sabrás que viajas a mi lado, o en el mismo bus, por lo menos en un comienzo del viaje, pues no visto de monja.

 

Pero entre tanta pana, accidente y problemas en la ruta, nunca me pasó algo como aquellas fiestas patrias del 2005.

 

No soy religioso pero al subirme al bus igual me encomendé a Santa Tato para que me protegiera. Hacía varios años que no nos juntábamos toda la familia para septiembre.

 

Todo bien desde el principio, no perdí el bus, no chocó el colectivo que me llevaba, no me equivoqué de horario, no se descompuso el metro, ni me subí al bus de la línea equivocada y tampoco partí para el norte en vez del sur.

 

No me tocó una mosca en el snack, los maníes no estaban pasados, no me mareé, no me dio colitis sin papel en el baño, ni vomité en el pasillo del bus, tampoco me tocó un asiento que no se reclina, ni una señora gorda al lado, ni siquiera había un tipo roncando o guaguas lloronas.

 

Todo iba demasiado bien hasta que por la 8ª Región empezamos a entrar en una espesa neblina, creo que era por Los Angeles.

 

No sé por qué me desperté justo en ese momento -si antes ya todo estaba demasiado tranquilo- quizás mi propio nerviosismo de la normalidad de un viaje a lo desconocido.

 

Los viejos ya no me habían vuelto a llamar para asegurarse de que estaba bien, seguramente hacía rato que dormían... no... mi madre se pasaría en vela pensando e imaginando situaciones intrincadas.

 

Si supiera que estoy en medio de la neblina, ya habría ido a carabineros a pedir que en algún lado detengan el bus para que me baje... pero en qué más puede viajar un estudiante que en un pullman.

 

No sé por qué me tocó asiento en primera fila, quizás para que no me quede dormido. ¡Ay! la niebla, si no se ve nada, y el chofer va a cien, no sé por qué no suena la chicharra anunciando que se pasa en diez kilómetros la velocidad. Es tercera vez que el auxiliar me viene a cerrar la cortina para que no me dé cuenta que van tan rápido.

 

Al sentir el frenazo, me agarré de lo que pude, es normal, ya tengo experiencia en buses, menos mal que esta vez no se dio vuelta.

 

Para qué decir la gritería que se armó, la gente gritaba como loca, pedían bajar... yo tranquilo, agarrado al asiento, tenía claro que lo peor no había llegado aún.

 

¡Paf!

 

¡Tremendo golpe!

 

¡Medio choque!

 

¿...o atropello?

 

No me quedó claro, pero golpeamos algo que había en el camino... algo muy grande.

 

Corrí la cortina mientras los pasajeros corrían por el pasillo buscando la ventana de emergencia entre una gritería infernal y yo... no lo podía creer.

 

Abrí muy bien mis ojos para enfocar.

 

No había chofer, ni auxiliar, en su lugar había una gran vaca blanco con negro dando sus últimos mugidos.

 

¿Viajemos de vuelta?http://pelluco.blogdiario.com/admin/archivos/biggrin.gif

EL COLUMPIO DE PELLUCO

El "Columpio" era un inmenso árbol de ciruelillo o notro1, que estaba en medio del bosque de nuestro jardín de Pelluco, su nombre nació por la forma de una de sus ramas, doblada en forma de U, quedando en su parte media, un espacio para sentarse.

 

Para llegar allí debíamos adentrarnos por un sendero tapizado de hojas secas que crujían con nuestro caminar y treparnos por un árbol contiguo, para sentarnos en medio de la gruesa rama.

 

Pasábamos allí horas, rodeados en todas direcciones por nuestro frondoso bosque. Este era un poco sombrío y silencioso, pero nos gustaba así, pues daba la sensación de ser un lugar misterioso en un país inexplorado por seres humanos, donde vivían duendes y seres mitológicos que sólo la imaginación podía comprender plenamente. Esta quietud sólo era interrumpida por el canto de pájaros, como el zorzal, que con su gran tamaño,  hacía sonar las hojas como si fuera un ratón, mientras busca gusanos; los gorriones, pequeñitos y cantores que llenan las ramas superiores de los árboles y a ratos producían un coro de cientos de voces melodiosas; a veces podíamos oír al chucao2 cantar haciendo eco entre los árboles, nos daba temor ese canto pues podía traernos mala suerte, pero como es fácil cambiar de dirección, si te canta por atrás y la izquierda, uno puede darse vuelta un rato para que le cante por delante y la derecha...y así contrarrestar lo anterior.

 

El "Columpio" fue por muchos años un lugar favorito. Allí nos pasábamos días enteros sentados jugando a los astronautas, imaginando que estábamos volando en una nave intenterespacial; a los aviadores volando con todos nuestros utensilios en un avión a chorro por entre las nubes; a dar la vuelta al mundo en 80 días en un globo aerostático o simplemente éramos trapecistas de un gran circo. La imaginación no tenía límites en el bosque encantado.

 

Pero además de ser nuestro lugar para jugar, era también nuestro escondite cuando se soltaba el Invunche (perro-ser mitológico que vivía amarrado en una esquina del patio), pues como estaba en alto, era imposible que nos alcanzara con sus garras, por lo que si se soltaba no era raro que en vez de correr a la casa, nos fuéramos al bosque en busca de la protección del "Columpio".

 

A nuestros amigos también les gustaba mucho ese lugar, que además estaba cerca del "archipiélago de Chiloé" -construido por papá a escala en el centro del bosque, simulando las islas con pequeños cerros cubiertos de musgo y los canales podían ser llenados de agua y así parecía  un archipiélago de verdad- para jugar con barquitos.

 

Nosotros pensábamos que nuestro columpio nos acompañaría para siempre, por lo que nunca lo valoramos lo suficiente, hasta que en una noche de tormenta le cayó un rayo encima y partió el tronco en dos, justo en la rama de nuestros juegos. Sólo hasta el día siguiente, cuando había parado de llover, nos enteramos de lo sucedido y desesperados corrimos al botiquín a buscar vendas, gasa, parches curita, tela adhesiva, agua oxigenada; todo lo que sirviera para curar nuestro árbol, para que la herida del tronco se sanara.

 

Papá y mamá nos miraron con ternura admirando nuestra ingenuidad y nos acompañaron al bosque sin decir palabra. Cuando vieron nuestros esfuerzos por reparar lo irreparable, papá que es médico nos explicó que un árbol no es igual que una persona, que cuando se hace una herida en su tronco no basta con vendarlo o pegarlo con cinta adhesiva para que sane -en algunos casos es posible reparar alguna rotura pequeña-. Pero la lesión que él tenía era incurable, la grieta era tan grande que habría que cortar la rama para que no cayera. Nosotros lloramos pensando que el árbol moriría, y nos explicaron que no sería así, que sólo la rama se secaría. Pero no nos resignábamos a que cortaran nuestro "Columpio", era demasiado importante, así que decidieron repararlo momentáneamente, colocando bajo su parte horizontal un grueso tronco con una plataforma, de modo que ayudara a sostener la rama y cubrieron con tierra la superficie de la herida para que no se secara.

 

Sin embargo ya nada volvió a ser como antes, pues nunca más nos subimos, por miedo a que la rama terminara por romperse, sólo quedaban en nuestros recuerdos los días felices que pasamos sobre el "Columpio".


1 Notro: definición de este tipo de árbol de hermosas flores rojas conocidas como fosforitos, por la forma de sus pétalos.
2 Mandao: Pajarillo muy tímido delgado, de color café con líneas blancas que le nacen en el pico que canta muy fuerte y hermoso. que según la mitología chilota este es un pájaro agorero que anuncia el devenir y que según a que dirección del caminante cante a éste le irá bien o mal

UN VIAJE EN LANCHA

 Historia que describe paisajes, alimentos, costumbres y vivencias en la isla de Chiloé.

 

 

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Ese verano, como tantos otros, vivimos las vacaciones en familia, viajando por el país.

Nuestro estaba compuesto por tía Elena -hermana de papá- su marido, sus dos hijas maridos, nietos y mi familia.

 

La intensión ese año, era mostrar las maravillas de Chiloé al flamante marido belga de una de las primas.


La primera parada de nuestras vacaciones fue en un pequeño pueblo de Chiloé llamado Tenahún, ubicado al norte de la ciudad de Quemchi, en la costa interior de la Isla Grande de Chiloé al sur de Dalcahue. La única manera de llegar por tierra a ese lugar, es a través de un camino ripiado que en esa época estaba en muy malas condiciones, papá decía que más bien parecía un sembradío de papas.

 

Después de mucho tiempo saltando y tambaleándonos adentro de los autos, llegamos al pueblito, junto a una playa de arenas grises. Todos admiraban el lugar por lo pintoresco; pero yo no lograba apreciar nada, porque todavía me daba vueltas la cabeza y el estómago con el viaje -estaba tan mareada- que lo único que deseaba era acostarme. Pero mi deseo no contó, en realidad no alcancé a emitir palabra, ya que inmediatamente se me delegó la función de acompañar a tía Elena y con una sobrina de mi edad a buscar "parientes" por las cercanías. La tía tenía la costumbre de buscar familiares en todos los lugares del archipiélago y aunque sea curioso, siempre encontraba algunos: lejanos, cercanos, en realidad nunca supe si era un poco imaginativa o si de verdad existía parentezco. Lo maravilloso de la situación era que ellos también reconocían ese vínculo consanguíneo y nos abrían las puertas de sus casas con la maravillosa hospitalidad propia de Chiloé.

 

Por supuesto, en Tenahún encontramos una serie de primos y tíos felices con nuestra llegada y para demostrar su afecto nos invitaron a comer un "curanto en hoyo" para dos días más, pues primero había que salir a mariscar, pescar y bucear para recolectar los ingredientes necesarios.

 

LA NAVEGACION

 

Fue así como nos entusiasmamos tanto, que a la mañana siguiente subimos al lanchón en el que irían los buzos, que además de tener la tarea de sacar los mariscos para nuestro curanto serían nuestros guías turísticos y anfitriones marinos, aprovechando el viaje, nos llevarían de paseo a la isla-pueblo de Mechuque1.

 

El viaje resultó maravilloso y el día de cielos azules y sin viento, perfecto para que todo resultara inolvidable. En la ruta a las Chauques había que cruzar un golfo, que parecía un enorme lago cristalino, donde se reflejaba la vegetación de las costas cercanas y nuestra embarcación como si estuviéramos sobre un gran espejo.

 

A medio camino, la lancha se detuvo y dos buzos se prepararon a bajar a varios metros para sacar de las profundidades los deliciosos mariscos y crustáceos que adornarían con sus sabores el curanto.

 

Yo me sentía en el paraíso, imaginaba que era una bióloga marina, recorriendo todos los mares y en ese momento mi máximo sueño era ser adulta, para poder colocarme un traje de buzo, bajar al fondo marino y conocer con mis propios ojos sus secretos.

 

En la embarcación éramos parte de la tripulación, absolutamente poseídos de nuestros roles marinos y esperábamos atentos en los bordes que los buzos aparecieran en cualquier momento. Sólo rompía el sonido de las suaves olas el motor que les llevaba aire a los dos hombres, que para aguantar el frío de los mares del sur estaban cubiertos por un traje de neoprén ajustado a sus cuerpos.

 

Luego de unos minutos que se hicieron eternos, vimos que se acercaban a la superficie; cada uno con una canasta llena de frutos marinos extraños y coloridos. Como estábamos llenos de curiosidad por saber que se escondía bajo el mar, los buzos capturaron una mantarralla, subieron esponjas de mar de todos colores, peces de formas raras y otra serie de bichos desconocidos para nuestros ojos hasta ese instante.

 

Fueron muchos los viajes que realizaron hasta el fondo, trayendo cada vez de las variedades más maravillosas de nuestras costas, tan conocidas, pero que nos parecían la máxima novedad: cholgas, pencas de piures, picorocos, erizos, congrios, etc.

 

Después de esa mañana de emociones, seguimos viaje a Mechuque, en un mar cristalino y calmo, en el que casi se podían adivinar los colores del fondo. Casi llegando al archipiélago comenzaron a seguirnos un grupo de toninas, que jugueteaban y saltaban a nuestro alrededor, imaginaba que querían hacernos carrera y si así fuera, no había duda que ellas ganarían, pues casi volaban en el agua.

 

MECHUQUE

 

Llegamos cerca de la hora de almuerzo. En este pueblo estaba la casa de los suegros de un amigo de la familia, quien pasaba sus vacaciones. La casa se ubicaba en lo alto de un cerro frente a la playa. Para llegar, había que subir por una huella empinada hasta un plano en el que se extendía una huerta y el único boldo del archipiélago traído desde el norte hace varios años. La casa era grande, relativamente nueva y sin terminar. Su construcción era típicamente chilota: de madera, cubierta por tejuelas y con ventanas que se componía de un enrejado de madera relleno por pequeños vidrios rectangulares.

 

Nos esperaban con una cazuela de gallina con papas mayo2  y un asado al palo de cordero, sorpresa para nosotros que sólo estaríamos de visita por unas horas. Ya que la situación lo requería, comimos hambrientos, como si no probáramos bocado desde hace días, por lo que después fue necesario dormir una larga siesta para reponer el cuerpo sobrealimentado.

 

Entrada la tarde, volviendo a nuestro rol de turistas y salimos a recorrer el lugar, jugar en la playa, bañarnos, sacarnos fotos y conversar. Llama la atención por sus calles angostas, en las que sólo se ven carretas o caballos y una que otra bicicleta. Para llegar al pueblo, hay que cruzar un extraño puente sobre un estero3.

 

REGRESO FALLIDO

 

Cuando comenzaba a ocultarse el sol nos despedimos y subimos a la lancha para volver a Tenahún. Todo parecía bien, hasta que el motor no encendió.

 

Mientras el cielo oscurecía, el lanchón comenzó a moverse rápidamente mar adentro, pues las corrientes de la marea que a esas horas bajaba la arrastraban sin rumbo, como a una hoja seca. Todas las energías de la tripulación estaban destinadas a arreglar el motor. Con una linterna uno alumbraba, mientras los demás trataban de distinguir cuál sería el problema, que a esa hora parecía no tener solución. Con mamá hablábamos lo peligroso que era alejarnos demasiado de la costa, sobre todo si íbamos a la deriva. En ese momento, con toda la lógica del mundo, hablando como un adulto , con apenas ocho años dije: "¿Por qué no tiran el ancla?". Es increíble, pero a nadie se le había ocurrido. Por supuesto se hizo en el acto, o sino quien sabe a donde habríamos ido a parar.

 

Papá ya estaba nervioso y al ver que era difícil que se solucionara el problema a esa hora, nos metió en un bote, e instó a los demás parientes que nos siguieran, pero no quisieron, seguros de que pronto se solucionaría el inconveniente. Viajamos en la oscuridad hacia la costa a través de las tranquilas aguas de la bahía, apenas movidos por una leve brisa nocturna, alejándonos de una luz, que era lo único que divisábamos de la embarcación. Mientras papá remaba acompasadamente, levantando pequeñas olas espumosas que brillaban por las fosforescentes noctilucas.

 

Ya en la isla, caminamos en la oscuridad a la única casa que conocíamos para pedir alojamiento. Los amigos nos recibieron cariñosos ofreciendo café para que entráramos en calor. Nos acostamos todos juntos en una pieza con dos camas, suponiendo que los demás llegarían pronto y debían acostarse en algún lado. Por supuesto que después de un rato llegaron los demás muertos de frío, así que la casa en la que se alojaban normalmente cinco personas, se llenó con 20 un poco amontonadas.

 

POR FIN EL RETORNO

 

A la mañana siguiente, después de un desayuno con tortillas al rescoldo recién hechas y queso de campo, fuimos a la lancha, que para esas horas ya estaba reparada y lista para viajar de vuelta.

 

Llegamos antes de mediodía al pueblito costero de Tenahún, y mientras que con una prima pequeña íbamos a dormir una siesta detrás de la cocina a leña de los parientes recientemente descubiertos, los demás se dedicaron a descargar los mariscos de la lancha para preparar el  curanto en hoyo, que se haría en un terreno, lejano a la costa, en el que había una casa desocupada, rodeada por manzanos.

 

EL CURANTO

 

El curanto fue todo un festejo, era el primero que yo veía hacer ahí en la tierra y el más grande que he visto. Mamá y tía Elena, las expertas "curanteras" estaban plenamente integradas con las nuevas primas, haciendo los milcaos y chapaleles, mientras los hombres preparaban el fuego con leña de tepú4 para calentar una cantidad enorme de piedras que serían la fuente de calor para cocer todos los alimentos del curanto.

 

Los niños jugábamos y nos asomábamos al hoyo cavado en medio de la pampa, incrédulos de que ese inmenso agujero pudiera llenase de comida hasta el borde.

 

Cuando la leña se había consumido y las piedras estaban muy calientes, las empujaron hacia el interior del hueco con largas varas de arrayán y rápidamente comenzaron a ordenar encima de ellas varias docenas de picorocos. Encima de estos, vaciaron sacos de tacas, nabajuelas, cholgas, choritos, medio saco de papas, papas ñonchas (papas que se ponen a ahumar todo el invierno en una especie de rejilla que se coloca sobre la cocina fogón5, se secan y toman un gusto dulzón como castañas cuando se cuecen y son de un color amarillo).

 

Después de colocar una capa de hojas de pangue -nalcas-, pusieron ordenadamente las distintas carnes, como de cerdo ahumada, longanizas, perniles, pollo, pescado ahumado, etc. Luego venían los sacos de habas y arvejitas, que fueron cubiertas por inmensas hojas de pangue bien lavadas y encima colocaron ordenadamente cuidadosamente los milcaos y chapaleles, tapados con paños húmedos y champas con el pasto hacia abajo, para que el vapor no escapara por ninguna.

 

La espera era inquietante, esa larga hora que demoraría en cocinarse todo aquello -que por supuesto llenó fácilmente el espacio abierto- nos pareció eterna. Yo miraba desde cerca el lugar donde estaba tapada tanta cosa rica y no podía creer que se pudiera cocinar como en una olla a presión, pero así fue.

 

Después que se cumplió el tiempo, lo abrieron con las mismas varas, cuidando no quemarse y comenzaron a sacar todo cocido y exquisito. Los vapores con el aroma de esa mezcla de alimentos inundaba la atmósfera, los jugos gástricos ya no pudieron resistir más y corrimos a reservar un plato, pues nadie quería quedar sin probar nada, claro excepto mi hermano Ber que odiaba todo lo originario del mar.

 

Nos sentamos en medio de la pampa, calladitos saboreando así a mano cada cosa con lentitud, mientras sorbíamos un poco de vino tinto con agua y azúcar, bebida especial para los niños, pues se dice que mezclar agua o bebidas con el curanto hace mal al estómago, sólo debe ser vino.

 

Después de tanto manjar, volvimos a la inmensa cocina de nuestros parientes y dormimos toda la tarde, para luego comer en la cena las sobras recalentadas, mucho más ricas.

 

Así después de tanta aventura y tanta comida, seguimos viajando a la isla de Quinchao, donde está el pueblo natal de nuestra familia -Achao- para seguir disfrutando del verano en familia.

 


1 Mechuque: Pueblo-isla ubicado en el archipiélago de las Chauques, al oeste de la isla grande de Chiloé, a una hora de viaje en lancha.
2 Papas mayo: Papas cocidas peladas y enteras, bañadas  con una salsa hecha de cebollas cortadas a la pluma fritas en aceite y aliñadas con sal y paprika (ají de color).
3 Estero: Especie de entrada, en la que se junta un río con el mar.
4 Leña de tepú: Entrega mucho calor, de las mejores madera nativas para hacer fuego.
5 Cocina fogón: Es una pieza cuadrada, típica de las casas chilotas, distinta de la cocina donde está la cocina a leña, a gas y el lavaplatos. En el centro alberga un fogón a ras del suelo y que por todas sus orillas tiene piso, en el que se ponen cojines, dejando un agujero cuadrado de varios metros de ancho para el fuego, en el techo hay un campanil, que es una elevación del techo que tiene sus contornos abiertos y que sirve de tiraje para el humo.

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